Introducción

A lo largo del siglo XIX, el aislamiento y la creciente disponibilidad de alcaloides psicoactivos transformaron los modos de consumo de drogas en la Inglaterra victoriana, en un contexto donde el opio y sus derivados circulaban sin restricción legal, vendidos por farmacéuticos y también por libreros, comerciantes textiles y merceros, y utilizados como sedante, anestésico, remedio contra la resaca o paliativo para los cólicos infantiles (Berridge y Edwards, 1981). Esta ausencia de prohibición penal, que recién comenzaría a modificarse con la Pharmacy Act de 1868 que restringía la venta de venenos, incluido el opio, a farmacéuticos registrados sin criminalizar el consumo y de manera más decisiva con la Dangerous Drugs Act de 1920, obliga a abandonar cualquier lectura anacrónica que proyecte sobre el período categorías actuales de “droga” o “ilegalidad” ya que durante buena parte del siglo XIX el opio y sus preparados formaron parte de la medicina doméstica y del comercio ordinario, mientras que la cocaína se incorporó más tardíamente al repertorio médico europeo, especialmente desde la década de 1880. David Courtwright (2001) ha mostrado que la expansión del comercio de sustancias psicoactivas estuvo asociada a la ampliación de los mercados, la producción a gran escala y la creciente disponibilidad de estas sustancias, en un proceso de democratización del consumo que denomina “revolución psicoactiva”. En Inglaterra, este proceso convivió con la consolidación de la sociedad industrial y con un mercado impreso que, hacia fines de siglo, había convertido a periódicos y revistas en soportes centrales de un público lector mucho más amplio que el de las décadas anteriores.

El presente artículo analiza cómo la ficción de Arthur Conan Doyle asigna sentidos diferentes al consumo de drogas según la posición social de los personajes y su lugar dentro del orden imperial. La hipótesis sostiene que esa jerarquía se produce por contraste entre escenas que sitúan el consumo dentro o fuera de espacios de respetabilidad y no reside de manera estable en la sustancia ni en un tipo de consumidor. En Holmes, la cocaína puede aparecer asociada al rendimiento mental sin anular su autoridad, mientras en los fumaderos londinenses el opio queda ligado a la pérdida de respetabilidad. El orden imperial agrega otra diferencia al modo en que la narración distribuye el peligro mediante clasificaciones coloniales que exceden a la sustancia misma. Por su posición, el detective conserva su función como agente del orden pese a una práctica que Watson cuestiona desde las primeras historias y que el canon vuelve más problemática con el tiempo. El argumento no supone que la ficción refleje de manera directa una actitud victoriana uniforme ni que el corpus alcance para probar un efecto disciplinario sobre sus lectores. El interés está puesto en las relaciones que la propia narración establece entre consumo y respetabilidad durante un período en el que el estatuto médico y jurídico de estas sustancias estaba cambiando.

La historia de las drogas se ha consolidado en las últimas décadas como un campo historiográfico autónomo, cuyo estado actual sintetiza el panorama global de largo plazo trazado por Gootenberg (2022) sobre la trayectoria de las sustancias psicoactivas y la construcción moderna de las “drogas paria”. Dentro de ese campo, la relación entre el consumo de drogas y la figura de Sherlock Holmes ha sido objeto de un creciente número de estudios académicos, especialmente en el ámbito anglosajón. Christopher Keep y Don Randall (1999), en un artículo seminal publicado en NOVEL: A Forum on Fiction, analizaron The Sign of the Four desde la perspectiva del colonialismo, argumentando que la cocaína de Holmes y el opio de los muelles funcionan como commodities imperiales cuya circulación reproduce la lógica de acumulación y gasto del imperio. Para Keep y Randall, el Támesis opera como “el portal, el umbral del imperio, el orificio de salida y entrada, de gasto y acumulación, de aventura y ganancia”, un espacio donde las drogas escapan al control regulatorio del Estado (p. 217). Los autores ponen el acento en la economía imperial. Aquí ese problema se vincula con la jerarquía de clase que organiza las escenas de consumo.

Douglas Small (2015), en un artículo publicado en English Literature in Transition, 1880-1920, ha argumentado que la cocaína de Holmes simboliza la “modernidad profesional” del detective y su ascendencia dentro del trabajo detectivesco. Distingue ese consumo de la adicción y lo interpreta como una forma de “rendimiento profesional” que legitima el estatus de experto de Holmes. Ese argumento constituye uno de los puntos de partida del artículo. El análisis retoma esa legitimación profesional y desplaza la pregunta hacia las condiciones narrativas que la vuelven posible cuando se la confronta con las demás escenas de consumo que aparecen a lo largo del canon. La autoridad de Holmes aparece así como una posición diferencial construida dentro de una red de contrastes y no como una propiedad aislada del personaje.

Rosemary Jann (1990), en su clásico artículo “Sherlock Holmes Codes the Social Body”, analiza cómo Holmes funciona como un mecanismo de codificación del cuerpo social victoriano, distribuyendo normalidad y anormalidad según criterios de clase y respetabilidad. Demuestra que el detective opera como una suerte de “médico social” que diagnostica y cura las patologías del cuerpo social, un argumento que el presente artículo desarrolla específicamente en relación con el consumo de drogas. Christopher Clausen (1984) también lee a Holmes como una figura de orden en la mentalidad victoriana tardía, un agente que restaura la inteligibilidad de un mundo amenazado por el desorden social y moral. Su lectura sitúa la valoración diferencial del consumo de drogas dentro de una economía más amplia de la respetabilidad y el control, y aporta un marco histórico para entender por qué unas prácticas resultan tolerables dentro del relato mientras otras quedan asociadas con la degradación.

John McBratney (2005), en un artículo publicado en Victorian Literature and Culture, analiza las clasificaciones raciales presentes en The Sign of the Four y el modo en que Doyle retoma discursos de la antropología imperial en la descripción de los habitantes de las islas Andamán. Según el autor, la “gaceta” que Holmes consulta para identificar a Tonga se apoya en estereotipos y fabricaciones que reproducen jerarquías propias del orden colonial (p. 154). Ese trabajo incorpora el problema histórico de esas clasificaciones sin tomar la raza como una categoría sustantiva del presente artículo. El problema que aquí interesa es el lugar que las figuras coloniales ocupan dentro de la narración y el modo en que ese lugar modifica la valoración del peligro y del consumo.

Susan Zieger (2008) ha identificado un proceso equivalente en el conjunto de la cultura literaria angloamericana de la época ya que la figura del “adicto” no existía como identidad disponible hasta fines del siglo XIX, cuando un establishment médico en modernización, junto con una cultura de consumo en expansión, actualizó la figura del bebedor pecador que había popularizado el movimiento de la templanza. Barry Milligan (1995) ha trazado, además, la genealogía que conecta las confesiones de Thomas De Quincey con la literatura victoriana posterior sobre el opio, genealogía en la que la obra de Doyle puede inscribirse como un eslabón tardío que traslada esa tradición confesional al género policial. Virginia Berridge y Griffith Edwards (1981), en su clásico Opium and the People, documentaron la transición del opio de remedio doméstico a droga controlada. La propia Berridge (2013) ha ofrecido más recientemente una síntesis de largo alcance sobre el modo en que las actitudes británicas hacia el alcohol, el tabaco y las drogas se han reconfigurado desde el siglo XIX, proceso que el presente artículo rastrea en la ficción de Doyle.

El antecedente más directo para pensar la relación entre ficción victoriana y orden social es The Novel and the Police, de D. A. Miller (1988), que examina la novela como una forma oblicua de control social y muestra que la vigilancia no se limita a la presencia explícita de instituciones policiales. Miller ofrece un antecedente para leer el modo en que la ficción organiza diferencias y establece fronteras de respetabilidad, aunque su hipótesis no puede trasladarse de manera automática al público de Doyle porque este trabajo no analiza fuentes de recepción. El análisis se apoya, antes que en un marco teórico general, en la historia social de las drogas y en la crítica específica sobre Doyle, y examina la legitimidad diferencial del consumo a partir del propio corpus. El recorte se concentra en escenas masculinas de consumo presentes en el corpus seleccionado y no reconstruye de manera sistemática las representaciones del consumo femenino. Esa dimensión requiere un corpus específico y constituye un límite de este trabajo, no una dimensión irrelevante para la historia social de las drogas.

Sherlock Holmes en el mercado editorial y la cultura detectivesca victoriana

Cuando Sherlock Holmes comenzó a circular, el mercado editorial británico atravesaba una expansión que había cambiado la escala de la lectura. Durante el siglo XIX se multiplicaron los periódicos y las revistas dirigidos a públicos que ya no coincidían con el lector tradicional de libros. Matthew Rubery señala que la época victoriana conoció el primer gran público lector de masas y que las publicaciones periódicas llegaron a ser la forma impresa de circulación más extendida, dentro de un universo que produjo más de veinticinco mil títulos de revistas y diarios a lo largo del período (Rubery, 2010). Hacia las décadas de 1880 y 1890 ese crecimiento se aceleró y la mecanización de la impresión redujo costos, el papel se volvió más accesible y las nuevas técnicas de reproducción de imágenes hicieron de la revista ilustrada un producto especialmente competitivo. El relato breve encontró allí un soporte adecuado porque podía leerse de una vez y no exigía el seguimiento prolongado de una novela por entregas, una ventaja importante en un mercado que debía abastecer de material nuevo a publicaciones semanales y mensuales (Hunter, 2007).

En ese escenario apareció The Strand Magazine, fundada por George Newnes en 1891. Su primer número vendió alrededor de 300.000 ejemplares a un precio de seis peniques, considerablemente inferior al de buena parte de las revistas mensuales consolidadas (Brooker y Thacker, 2013). Newnes buscaba un producto de circulación amplia, ilustrado y compatible con la lectura familiar. La revista combinaba ficción con notas de actualidad y materiales de entretenimiento, de modo que el cuento formaba parte de una experiencia de lectura más amplia que podía entrar en el hogar sin presentarse como literatura especializada. El éxito de las historias de Holmes llevó la circulación de The Strand por encima de los 500.000 ejemplares por número a comienzos de la década de 1890 y convirtió a la ficción detectivesca breve en uno de los formatos más solicitados por editores y lectores (Clarke, 2019). La masividad del personaje, por lo tanto, no puede separarse de las condiciones materiales de esa prensa barata y de gran tirada.

Holmes había aparecido antes de ese éxito. A Study in Scarlet fue publicada en Beeton’s Christmas Annual en 1887 y The Sign of the Four apareció en Lippincott’s Monthly Magazine en 1890. Ninguna de las dos novelas produjo todavía el fenómeno editorial posterior. El cambio llegó en julio de 1891, cuando The Strand comenzó a publicar los relatos breves con “A Scandal in Bohemia”. Durante los doce meses siguientes apareció una historia de Holmes en cada número y la serie continuó con una nueva tanda entre fines de 1892 y 1893. Doyle explicó después que había pensado deliberadamente una fórmula capaz de retener al lector de una revista mensual sin obligarlo a seguir una narración por entregas. El personaje sería recurrente, pero cada caso debía cerrarse dentro del mismo número. De ese modo, quien se perdiera una entrega podía volver al mes siguiente sin quedar expulsado de la serie (Doyle, 1924). El regreso posterior del personaje mantuvo esa lógica. The Hound of the Baskervilles volvió a publicarse por entregas mensuales en 1901 y 1902, y desde 1903 The Strand retomó las aventuras breves. La relación entre Holmes y la revista se extendió, con interrupciones, hasta 1927.

El éxito del personaje coincidió además con una transformación de la figura social del detective. La Metropolitan Police había creado una rama de detectives en 1842 y la reorganización de 1878 dio lugar al Criminal Investigation Department. Durante buena parte del siglo, el trabajo de paisano y la vigilancia encubierta despertaron recelos, pero la prensa fue modificando esa imagen. Haia Shpayer-Makov muestra que, entre mediados del siglo XIX y los años previos a la Primera Guerra Mundial, el detective policial pasó de ser una figura sospechosa a ocupar una posición cercana a la celebridad pública (Shpayer-Makov, 2010). La ficción acompañó ese proceso sin limitarse a reproducirlo. Con frecuencia presentaba a los agentes oficiales como rutinarios o insuficientes y reservaba la inteligencia excepcional para investigadores privados o amateurs, una diferencia que Holmes convertiría en uno de los rasgos más reconocibles del género (Humpherys, 2017).

Doyle tampoco inventó al detective literario desde cero. Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe en la década de 1840, había fijado buena parte del modelo del investigador que resuelve un enigma mediante observación y razonamiento. Charles Dickens incorporó al inspector Bucket en Bleak House y Wilkie Collins hizo de Sergeant Cuff una figura central de The Moonstone. En Francia, Émile Gaboriau desarrolló al investigador Lecoq, cuyas novelas circulaban en traducción inglesa antes de la aparición de Holmes. La ficción británica había producido incluso detectives mujeres desde la década de 1860 (Humpherys, 2017). Doyle trabajó sobre ese repertorio y lo combinó con un modelo procedente de su formación médica. Joseph Bell, uno de sus profesores en Edimburgo, era conocido por inferir datos sobre los pacientes a partir de pequeños indicios visibles, y Doyle reconoció posteriormente que esa práctica había sido decisiva para imaginar el método de Holmes. La novedad no estuvo en inventar la deducción ni al investigador excéntrico, sino en convertir esas tradiciones en un personaje seriado cuya identidad profesional podía renovarse todos los meses frente a un público masivo.

Las decisiones editoriales de The Strand permiten reconstruir algunas expectativas de la franja de lectores a la que buscaba retener. La revista privilegiaba la legibilidad y el entretenimiento autónomo de cada número, mientras la repetición del personaje ofrecía familiaridad. El relato detectivesco agregaba una promesa de cierre. El crimen podía introducir incertidumbre y desorden, pero el caso terminaba cuando una inteligencia especializada conseguía volver legibles indicios que para los demás personajes permanecían dispersos. Andrew Glazzard (2018) observa que las aventuras de Holmes vuelven inteligibles las conexiones sociales y económicas ocultas de la Gran Bretaña victoriana, desde relaciones de trabajo hasta diferencias de posición que el detective reconstruye a partir de detalles cotidianos. Esa estructura encajaba con la imagen de Holmes como profesional independiente, situado cerca de las instituciones pero no subordinado a ellas. En una sociedad urbana donde la expansión de la prensa y de la burocracia multiplicaba la circulación de información, el detective ofrecía una fantasía de comprensión fundada en la capacidad de leer correctamente aquello que otros miraban sin entender. Esa es una de las razones por las que la restauración del orden señalada por Clausen (1984) resulta inseparable del modo de publicación del personaje.

Este contexto editorial modifica también la lectura de las drogas dentro del canon. El consumo de cocaína no pertenece a un personaje marginal que aparece una vez, sino a la biografía de una figura que The Strand convirtió en referencia recurrente para cientos de miles de lectores. La tensión resulta más fuerte precisamente porque Holmes organiza el mundo narrativo mediante la observación y el dominio de sí, mientras Watson insiste en señalar una práctica que amenaza esa autoridad. El fumadero de opio de “The Man with the Twisted Lip” apareció en noviembre de 1891, cuando el personaje ya estaba siendo consolidado por la secuencia mensual de The Strand. Más de una década después, “The Adventure of the Missing Three-Quarter” retomó el problema desde un vocabulario más cercano a la preocupación por el hábito. La historia editorial permite así leer esos cambios dentro de una serie que envejecía junto con sus lectores y que atravesó distintas etapas del debate británico sobre las sustancias psicoactivas.

Drogas, medicina y regulación en la Inglaterra victoriana

La expansión de los compuestos aislados y de los preparados farmacéuticos formó parte de una transformación más amplia del mercado de sustancias psicoactivas. Courtwright (2001) ha mostrado que el crecimiento del comercio mundial amplió la oferta y redujo el precio de productos que antes habían circulado de manera más restringida. La cocaína, aislada por Albert Niemann en 1860 e incorporada a la medicina europea durante la década de 1880, pertenece a la etapa final de ese proceso. Freud describió en Über Coca (1884/2018) efectos asociados con la euforia y el aumento de la capacidad de trabajo, una formulación que contribuyó a legitimar médicamente el alcaloide antes de que sus riesgos ocuparan el centro de la discusión.

Doyle no fue ajeno a esta cultura médica. Formado en la Universidad de Edimburgo, ejerció como médico general durante la década de 1880 y conocía los usos clínicos de sustancias como la cocaína. La cocaína había sido incorporada como anestésico local en medicina desde 1884 y su presencia en la ficción temprana de Holmes pertenece a ese contexto de experimentación terapéutica. La precisión con que Doyle describe la solución y la inyección pertenece a un repertorio médico disponible para un profesional de su época. Lejos de remitir a un universo clandestino, esa descripción se inscribe en un momento en que la cocaína circulaba en ámbitos médicos y se asociaba con la modernidad y con el prestigio profesional de fines del siglo XIX (Small, 2016).

La Pharmacy Act de 1868 introdujo controles sobre la venta de sustancias consideradas peligrosas, entre ellas el opio, pero no criminalizó el consumo. Berridge (1988) y Parssinen (1983) muestran que el tránsito hacia un régimen más restrictivo fue gradual y que la Dangerous Drugs Act de 1920 marcó una inflexión decisiva. Las historias de Holmes se escribieron durante ese intervalo. Por eso, la tolerancia que rodea algunas escenas de consumo no puede interpretarse con categorías legales posteriores, aunque tampoco deba suponerse una indiferencia absoluta. La ficción registra precisamente esa zona de transición, donde el lenguaje médico comienza a modificar la valoración de prácticas que todavía no habían adquirido un estatuto penal estable.

Sherlock Holmes y la legitimidad del consumo

Dentro de ese universo editorial, la relación entre Holmes y Watson organiza también la lectura del consumo. Holmes aparece como un profesional excepcional, convencido de que su mente necesita estímulo cuando no encuentra un problema a resolver. Watson observa esa conducta desde su formación médica y funciona como una voz crítica que nunca termina de romper el vínculo con el detective. Esa tensión hace posible que el consumo aparezca como una práctica problemática sin reducir de inmediato al personaje a una identidad patológica.

La extensión temporal del corpus permite observar cambios dentro de la representación del consumo mientras se transformaba el debate médico sobre la dependencia. El artículo no reconstruye cómo cada grupo de lectores recibió esas escenas, porque para hacerlo harían falta otras fuentes. Sigue, en cambio, las modificaciones que Doyle introdujo en el tratamiento de la cocaína y del opio a lo largo de varias décadas, desde la explicitud de las primeras historias hasta una preocupación más marcada por el hábito en los relatos del siglo XX.

En las obras tempranas, el consumo de Holmes aparece con una explicitud que luego disminuye. La apertura de The Sign of the Four describe el frasco de cocaína y la jeringa hipodérmica guardada en un estuche de marroquí, lo que convierte la inyección en un ritual doméstico cuidadosamente ordenado (Doyle, 1890/2013b). Watson manifiesta preocupación y discute con Holmes sobre sus efectos, pero la escena no transforma al detective en una figura socialmente degradada. La práctica queda contenida dentro de Baker Street y asociada a un personaje cuya autoridad intelectual domina la narración.

En los relatos posteriores, las referencias se vuelven menos directas. Watson alude a “pequeñas debilidades” y el detalle de las inyecciones pierde presencia, al mismo tiempo que la discusión médica sobre dependencia y abuso adquiere mayor consistencia. Esta modificación no alcanza para establecer por sí sola una relación causal entre literatura y regulación. El cambio en la representación del consumo dentro del canon, sin embargo, está documentado. El punto de inflexión más claro aparece a comienzos del siglo XX y será retomado más adelante mediante The Adventure of the Missing Three-Quarter.

El recorrido general registra una transformación narrativa que va desde la exposición abierta del consumo hacia una preocupación mayor por el hábito. Esa evolución constituye una de las razones para trabajar con un corpus extendido y no limitar el análisis a la conocida escena de la solución al siete por ciento. También obliga a evitar una lectura uniforme de Doyle ya que la cocaína no conserva exactamente el mismo estatuto durante toda la serie. La relación entre rendimiento y tedio cambia a medida que la preocupación por la dependencia gana peso en el canon.

Friedrich Engels describió la reducción del trabajador industrial a una condición de mera maquinaria, despojado de los últimos vestigios de actividad independiente por una revolución industrial que exigía el funcionamiento ininterrumpido del aparato productivo (Engels, 1845/1971). El diagnóstico de Engels reconstruye las condiciones laborales de la sociedad industrial, pero no ofrece por sí mismo evidencia sobre las funciones que cumplía el consumo de drogas entre las clases trabajadoras. Para ese problema resulta más pertinente la documentación reunida por Berridge y Edwards (1981).

La relación entre cocaína y rendimiento que aparece en Holmes pertenece a un universo profesional distinto del consumo popular de opio documentado por Berridge y Edwards (1981). No existe una función farmacológica común capaz de reunir ambas prácticas bajo una misma lógica productiva. La diferencia relevante para este trabajo se encuentra en el valor social que adquiere el consumo. Holmes puede presentar la cocaína como un recurso ligado a su actividad intelectual, mientras el opio aparece en otras escenas asociado con la pérdida de respetabilidad. Esa distancia abre una discusión sobre la clase sin suponer que los distintos consumos cumplían una función equivalente.

En The Sign of the Four, el detective se inyecta cocaína porque, según sus propias palabras, su mente se rebela ante la ociosidad y aborrece la rutina monótona de la existencia entre caso y caso, lejos de la necesidad de sostener una jornada laboral extenuante. Como ha señalado Douglas Small (2015), la cocaína funciona allí como signo de una “modernidad profesional” que legitima su estatus de experto. Este trabajo toma esa lectura como punto de partida y la pone en relación con las otras escenas de consumo del canon, para observar cómo cambia la valoración de la sustancia cuando cambian el sujeto y el espacio social.

El 221B de Baker Street, residencia ficticia de Sherlock Holmes y John Watson y lugar donde el detective recibe a buena parte de sus clientes, se ubica en St. Marylebone, dentro de un espacio residencial asociado en la ficción con sectores que podían recurrir a sus servicios. Cuando Conan Doyle comenzó a publicar las historias, la dirección no existía todavía con esa numeración, aunque Baker Street constituía una referencia urbana reconocible para sus lectores. Esa localización fija el registro social desde el cual se narra el consumo del protagonista. El contraste más significativo no necesita apoyarse en St. Giles, cuya famosa rookery pertenece sobre todo a una etapa anterior de la historia urbana londinense. En el propio corpus, la oposición aparece con mayor claridad entre el interior doméstico de Baker Street y los fumaderos de opio de la zona portuaria. Holmes consume puertas adentro y conserva el control de la escena, mientras el consumo popular es presentado en espacios donde la narración concentra degradación y pérdida de respetabilidad. Kuchta (2010) estudia la estrecha relación entre la respetabilidad doméstica británica y la experiencia imperial. Sin identificar sin más Baker Street con el modelo suburbano que estudia el autor, su trabajo sirve para pensar cómo el espacio privado metropolitano convierte mercancías procedentes de circuitos globales en objetos compatibles con una vida respetable. Esta perspectiva resulta útil para contrastar la cocaína administrada en el interior doméstico con el opio que Doyle sitúa en los muelles, donde la presencia del imperio adquiere una forma más amenazante.

El corpus de Sherlock Holmes contiene referencias a otras sustancias que permiten precisar el recorte adoptado aquí. El tabaco constituye una presencia habitual en la vida del detective y llega a incorporarse a su técnica de investigación. En The Sign of the Four, Holmes menciona una monografía dedicada al estudio de las cenizas de distintas variedades de tabaco, mientras que en A Study in Scarlet el reconocimiento de un cigarro Trichinopoly interviene como indicio dentro de la pesquisa (Doyle, 1887/2013a, 1890/2013b). El alcohol también forma parte de las prácticas ordinarias de sociabilidad que atraviesan los relatos, aunque en determinados personajes adquiere una valoración diferente. Enoch Drebber, por ejemplo, es presentado en A Study in Scarlet a partir de un consumo abusivo que contribuye a su caracterización moral (Doyle, 1887/2013a). Estos casos muestran que el canon no asigna a una sustancia un significado estable de antemano. Su valoración depende de quién consume y de las circunstancias en las que esa práctica aparece narrada.

Las historias incorporan además usos médicos de la morfina que permiten observar con mayor claridad esa diferencia. En relatos tardíos como The Adventure of the Creeping Man y The Adventure of the Illustrious Client, ambientados ya a comienzos del siglo XX, Watson administra morfina mediante inyección hipodérmica para aliviar lesiones graves (Doyle, 1927/2017). En el primer caso la aplica al profesor Presbury luego del ataque de su perro y, en el segundo, al barón Gruner después de que Kitty Winter lo desfigure con vitriolo. La misma vía de administración que acompaña el consumo de cocaína de Holmes adquiere aquí otro significado porque forma parte de una intervención terapéutica respaldada por la autoridad médica (Doyle, 1890/2013b, 1927/2017). La comparación resulta particularmente significativa ya que la legitimidad del uso no depende únicamente de la sustancia ni de la técnica empleada, sino también del contexto en que se administra y de la posición ocupada por quienes intervienen.

Adicción y diferencias sociales en el orden imperial

La escena en que Holmes se inyecta cocaína frente a Watson, con el brazo marcado por cicatrices de inyecciones frecuentes, describe un cuerpo con signos clínicos de consumo sostenido. Doyle presenta esas marcas sin una condena moral explícita y las matiza con la advertencia médica de Watson, de modo que la escena excede ampliamente una simple nota de color. Susan Zieger (2008) ha mostrado que la propia categoría de “adicto” no existía como identidad estabilizada hasta fines del siglo XIX, cuando la convergencia entre un establishment médico en modernización y una cultura de consumo en expansión fue actualizando la vieja figura del bebedor pecador heredada del movimiento de la templanza. Louise Foxcroft (2007) ha documentado con precisión ese proceso de invención de la adicción en la Gran Bretaña decimonónica, mostrando cómo el vocabulario del “uso y abuso” del opio se fue medicalizando a lo largo del siglo hasta cristalizar en una categoría clínica estable.

De esta forma, la ficción de Holmes se sitúa en un momento en que la categoría de adicción todavía estaba adquiriendo una definición médica más estable. La escena de la inyección hipodérmica pudo publicarse dentro de una revista de amplia circulación sin que el texto necesitara presentar a Holmes como un personaje moralmente arruinado. Ese dato es compatible con un régimen de tolerancia diferencial, pero no alcanza para reconstruir la recepción efectiva de la escena. El argumento del artículo se limita por eso a la representación narrativa donde el cuerpo de Holmes conserva su autoridad social incluso cuando Watson señala los riesgos del hábito.

Como ha señalado Rosemary Jann (1990), Holmes funciona como un “codificador del cuerpo social” donde su propio cuerpo, con sus cicatrices y sus “pequeñas debilidades”, aparece como un cuerpo excepcional antes que patológico, y sus marcas quedan asociadas con la genialidad más que con la degradación. Esta lectura es posible porque el cuerpo de Holmes está inscrito en un régimen de visibilidad de clase en la que sus cicatrices son “innumerables marcas de punción” (“innumerable puncture-marks”) que Watson describe con una mezcla de fascinación y preocupación, pero nunca con repulsión (Jann, 1990).

El papel de Watson como médico y narrador es fundamental en este proceso de medicalización. Watson actúa como un intermediario médico-literario que traduce el consumo de Holmes para el lector y lo filtra a través de su propia formación médica. Cuando advierte a Holmes que se trata de “un proceso patológico y morboso, que implica un aumento del desgaste de los tejidos y puede dejar, al menos, una debilidad permanente”, habla como médico y también como voz narrativa que distribuye juicios de normalidad y patología (Doyle, 1890/2013b, p. 140).

La advertencia de Watson tampoco se traduce en una acción coercitiva. Como médico y narrador, registra los signos del consumo y los interpreta mediante un lenguaje clínico que introduce una distancia respecto de la mirada de Holmes. La escena hace coexistir dos lecturas sobre una misma práctica y ninguna termina por anular a la otra. Para Holmes, la cocaína responde a la necesidad de estímulo y forma parte de su manejo privado del tedio. Para Watson, el hábito amenaza con convertirse en un problema médico que merece ser señalado dentro del propio relato.

“The Man with the Twisted Lip” presenta el caso de Isa Whitney, hermano del director del colegio teológico de St. George, que desarrolla un consumo habitual de opio después de experimentar con la sustancia tras la lectura de Thomas De Quincey (Doyle, 1892/2013c). El relato se inscribe en una cultura doméstica donde los preparados opiados eran corrientes y donde el contacto con el opio no remitía todavía, por sí solo, a un circuito separado de la medicina cotidiana. Berridge y Edwards (1981) documentan, entre otros ejemplos, el uso de Godfrey’s Cordial, un remedio infantil cuya composición variaba entre fabricantes y podía incluir láudano, melaza y sasafrás, una planta aromática utilizada en preparados medicinales. La presencia cotidiana de estos preparados ayuda a entender por qué el opio no pertenecía todavía a un mundo separado de la medicina de época.

El tratamiento narrativo de Whitney muestra con claridad que la caída social no borra por completo su pertenencia anterior. Doyle lo describe mediante signos físicos del consumo y presenta su situación como la ruina de un hombre que todavía puede ser recuperado. Watson paga la cuenta del fumadero y organiza su regreso al hogar. Su origen social sigue funcionando como una reserva de respetabilidad, de modo que, aunque ha ingresado en un espacio degradado, la narración conserva para él una historia individual y una posibilidad de retorno. En cambio, el lascar que regentea el local y su asistente danés son descritos como sujetos amenazantes y carentes de individualización, mientras que el resto de los consumidores aparece mencionado de manera colectiva y asociado por Watson con la degradación de los muelles. La diferencia de tratamiento narrativo entre un consumidor todavía recuperable y un entorno popular degradado, sin nombre propio ni una posibilidad equivalente de retorno, refuerza en el plano textual la hipótesis central del artículo.

La diferencia aparece con mayor fuerza cuando Whitney se compara con los consumidores anónimos del fumadero. El primero conserva nombre propio y vínculos familiares, mientras el resto forma parte del escenario degradado en el que se desarrolla la pesquisa. Esta desigualdad narrativa puede ponerse en relación con la historia de la medicalización, pero no requiere postularse como una fórmula directa. El corpus plantea un problema más concreto. La posibilidad de ser leído como individuo recuperable no se distribuye de la misma manera entre todos los consumidores.

Holmes puede ingresar en ese mismo fumadero mediante un disfraz y salir sin que la experiencia modifique su posición. Él mismo aclara a Watson que no ha agregado el opio a sus “otras pequeñas debilidades”. La pesquisa funciona como justificación de su presencia en un espacio que para Whitney representa una caída. Esa diferencia se explica narrativamente por la posición social de Holmes y por su función profesional. El detective puede atravesar el escenario degradado sin ser definido por él, mientras Whitney queda temporalmente fijado a la figura del consumidor que necesita ser rescatado.

El consumo recreativo atraviesa el canon de Holmes de manera recurrente y no se agota en una sola escena. En “A Scandal in Bohemia”, Watson describe a Holmes alternando semana a semana entre la cocaína y la ambición, entre el sopor de la droga y la energía feroz de su propia naturaleza (Doyle, 1892/2013c), formulación que integra el consumo a un ritmo cíclico ligado a la ausencia de casos, en lugar de presentarlo como un episodio puntual. En “The Yellow Face”, Watson afirma que, salvo por el uso ocasional de cocaína, Holmes no tenía vicios, y que solo recurría a la droga como protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escaseaban, lo que explicita el vínculo del consumo con el tedio y con una forma de ocio ligada a su posición de clase (Doyle, 1893/2013d).

La escena final de The Sign of the Four, cuando Holmes vuelve al frasco de cocaína después de resuelto el caso, refuerza el vínculo entre consumo y tiempo sin trabajo. Desde la lectura de Keep y Randall (1999), la escena incorpora además una dimensión transnacional. La cocaína forma parte de un circuito de mercancías que conecta materias primas andinas con laboratorios y mercados europeos. El consumo doméstico de Holmes transforma esa mercancía en un recurso privado asociado con el rendimiento mental. La escena vincula Baker Street con una economía más amplia sin reducir el origen andino de la coca a una posesión del imperio británico.

En “The Adventure of the Missing Three-Quarter” (1904), Watson relata haber conseguido apartar gradualmente a Holmes de aquella “manía por la droga” que había amenazado su carrera, aunque aclare que el hábito no estaba muerto sino dormido (Doyle, 2013e). El pasaje presenta una valoración más problemática del hábito que la de las primeras historias y coincide temporalmente con la creciente medicalización de la dependencia y con el desarrollo de controles más estrictos sobre determinadas sustancias en Gran Bretaña.

La jerarquía social del consumo no opera aislada del orden imperial en el que se desarrollan las historias. “The Man with the Twisted Lip” sitúa el fumadero bajo la administración de un personaje al que el relato designa como “lascar”, término utilizado para marineros asiáticos empleados en circuitos marítimos imperiales. El opio aparece así dentro de una geografía portuaria vinculada con Oriente y con el comercio colonial. Milligan (1995) ha mostrado que la literatura victoriana convirtió con frecuencia al opio en signo de una alteridad oriental capaz de amenazar la respetabilidad británica. Las historias de Doyle participan de ese repertorio, aunque el problema deba formularse como una clasificación histórica producida por discursos coloniales y no como una diferencia natural entre grupos humanos.

La presencia del lascar como regente del fumadero reproduce un estereotipo colonial consolidado durante el siglo XIX. El personaje queda definido por su función como intermediario de una sustancia asociada con los puertos del imperio, no por un consumo propio. La amenaza recae sobre el británico que ingresa en ese espacio y corre el riesgo de perder su posición. El relato naturaliza de ese modo una diferencia entre el sujeto metropolitano que puede degradarse y el personaje colonial al que ya presenta desde el comienzo mediante códigos de sospecha.

La cocaína de Holmes pertenece a otro circuito global. Su materia prima proviene de la hoja de coca cultivada en los Andes y procesada luego dentro de redes farmacéuticas internacionales. Gootenberg (2008) ha mostrado que, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, el Perú se convirtió en un proveedor importante de coca y cocaína cruda para mercados europeos. La solución que aparece en Baker Street puede leerse así como el extremo metropolitano de una cadena que conecta producción andina y ciencia farmacéutica europea. La solución al siete por ciento de Holmes llega a la narración como un producto refinado y dosificado. El contraste con el opio de los fumaderos no depende únicamente de una diferencia química. La cocaína aparece incorporada a un lenguaje médico y a un ritual doméstico que la vuelve compatible con la autoridad profesional del detective. El opio, en cambio, queda ligado al espacio portuario y a una imaginería orientalista. Esta diferencia indica que el procesamiento europeo de una mercancía puede modificar también su significado cultural (Gootenberg, 2008).

La figura de Tonga lleva esa lógica imperial al terreno de las clasificaciones corporales. McBratney (2005) muestra que la “gaceta” consultada por Holmes para identificarlo reproduce categorías raciales propias de la antropología imperial y estereotipos difundidos sobre los habitantes de las islas Andamán. El interés de esas clasificaciones reside en el lugar que ocupan dentro de la novela, sin adoptarlas como categorías del análisis actual. Doyle presenta a Tonga mediante un repertorio colonial que reduce su individualidad y lo vincula de antemano con el peligro y el veneno. El contraste con Holmes permite observar posiciones diferentes dentro del orden narrativo. Mientras el detective incorpora una sustancia psicoactiva a una práctica privada sin perder su autoridad, Tonga queda definido como una amenaza mediante estereotipos coloniales. La diferencia responde al modo en que la novela clasifica a sus personajes y no a una supuesta cualidad natural de sus cuerpos.

Keep y Randall (1999) leen The Sign of the Four a partir de una economía imperial de acumulación y gasto en la que el Támesis conecta la metrópoli con circuitos globales de mercancías. La perspectiva reúne elementos que el relato mantiene en tensión. La cocaína consumida por Holmes participa de un mercado farmacéutico transnacional y el opio aparece ligado a los muelles. El tesoro de Agra introduce, por otra vía, una riqueza obtenida en el espacio colonial. Estas mercancías no recorren necesariamente el mismo circuito ni ocupan una posición jurídica equivalente. Su presencia común deja ver hasta qué punto el universo de Holmes depende de conexiones económicas que exceden a Londres y que la ficción traduce en diferencias de legitimidad y peligro.

Conclusiones

Las historias de Sherlock Holmes asignan sentidos distintos al consumo de drogas según la posición social de los personajes y el lugar que ocupan dentro del orden imperial. En un período en que opio y cocaína todavía circulaban dentro de marcos médicos y comerciales más abiertos que los del siglo XX, Doyle no presenta una categoría homogénea de “droga”. La jerarquía literaria tampoco funciona como un catálogo estable de consumos legítimos e ilegítimos, porque su sentido se produce mediante el contraste entre sujetos y espacios narrativos. Baker Street puede contener el consumo de cocaína sin destruir la autoridad de Holmes, mientras el fumadero de opio aparece asociado con la pérdida de respetabilidad. La diferencia no vuelve inocua la práctica del detective, pero explica que conserve una posición que otros consumidores pierden dentro del relato. La legitimidad aparece, por eso, como una relación inestable entre la práctica de consumo y la posición desde la que cada personaje puede sostener o perder su respetabilidad.

El consumo de Holmes combina rendimiento mental y respuesta al tedio. Esa mezcla impide reducirlo a una réplica de la productividad obrera descrita por Engels. La diferencia de clase forma parte del argumento. Holmes dispone de tiempo y de recursos para convertir la cocaína en una práctica privada vinculada con su identidad profesional. Whitney ocupa una posición distinta. Su paso por el fumadero es narrado como caída, aunque su origen social conserva para él una posibilidad de retorno que no reciben los consumidores anónimos del mismo espacio.

El canon cambia también con el tiempo. Las primeras historias presentan la inyección con una explicitud que disminuye en los relatos posteriores, hasta que Watson recuerda haber apartado a Holmes de la “manía por la droga” en The Adventure of the Missing Three-Quarter. Este cambio resulta compatible con el proceso que Zieger (2008), Foxcroft (2007) y Berridge y Edwards (1981) reconstruyen para la formación de la adicción como problema médico y para la transformación del estatuto social de estas sustancias. El corpus no establece una relación causal directa con ese proceso y tampoco permite fijar una correspondencia automática entre cambios médicos y decisiones narrativas. Aun así, la ficción de Doyle cambia mientras ese vocabulario se consolida y la preocupación por el hábito adquiere una presencia que no tenía del mismo modo en las primeras historias. Ese desplazamiento vuelve inestable la propia autoridad del detective. Holmes es el personaje encargado de restituir el orden narrativo, pero su consumo nunca queda completamente neutralizado por ese lugar. Watson lo cuestiona desde el comienzo y los relatos posteriores vuelven más visible la tensión entre su práctica privada y la autoridad que conserva.

Small (2015) mostró que la posición profesional de Holmes contribuye a legitimar su consumo de cocaína. Ese antecedente sirve de punto de partida para comparar la legitimación de Holmes con las otras escenas de consumo del canon y con las posiciones que la narración asigna a sus protagonistas. El aporte reside en reconstruir esa relación dentro de un corpus ampliado y en poner en diálogo la crítica literaria anglófona con la historia social de las drogas. Desde esa lectura, la autoridad del detective convive con la ambivalencia de su consumo y ayuda a explicar por qué Holmes la conserva incluso cuando el propio relato comienza a problematizar el hábito.

El orden imperial amplía esa conclusión. El opio de los muelles y la cocaína de origen andino llegan a Londres mediante circuitos distintos, pero ambos muestran que la historia metropolitana de las drogas depende de conexiones que exceden a Gran Bretaña. Las clasificaciones coloniales que Doyle reproduce en torno al lascar y a Tonga forman parte de ese mismo universo. Leer el consumo desde esta trama deja claro que la sustancia nunca explica por sí sola su significado. En las historias de Holmes, la legitimidad depende de quién consume y del lugar que el relato asigna a cada personaje dentro del orden imperial. El origen y la circulación de la mercancía también intervienen en esa valoración.